Los desconocidos que la ayudaron cuando más lo necesitaba.

Camila siempre había sido una joven responsable. Le gustaba estudiar en silencio, terminar sus trabajos a tiempo y regresar a casa sin llamar demasiado la atención. Aquella tarde se quedó más de lo normal en la biblioteca porque tenía un examen importante al día siguiente. Cuando por fin cerró sus cuadernos y guardó sus libros en la mochila, se dio cuenta de que afuera ya estaba oscuro.

Respiró profundo, se ajustó la chaqueta y salió caminando hacia el estacionamiento. La calle estaba tranquila, casi vacía, y solo se escuchaban algunos autos pasando a lo lejos. Al principio, Camila no sintió nada extraño. Pero después de avanzar unos minutos, notó que tres hombres caminaban detrás de ella.

No quiso pensar mal. Tal vez solo iban en la misma dirección. Para comprobarlo, cruzó hacia la otra acera. Ellos también cruzaron. Entonces aceleró el paso. Ellos hicieron lo mismo.

El corazón de Camila empezó a latir más rápido. Sus manos sudaban y apretaba las llaves de su auto dentro del bolsillo. Intentó llamar a una amiga, pero el teléfono no tenía señal. Miró alrededor buscando ayuda y vio, frente a una pequeña cafetería, a un grupo de hombres sentados cerca de una camioneta. Tenían ropa de trabajo, botas gastadas y rostros cansados, como si acabaran de terminar una larga jornada.

Camila dudó un instante, pero su miedo fue más fuerte que la vergüenza. Se acercó a ellos con la voz temblorosa y dijo:

—Disculpen, señores… ¿podrían acompañarme a mi auto, por favor?

El hombre mayor del grupo levantó la mirada de inmediato. Al verla tan nerviosa, se puso de pie con calma.

—¿Qué sucede, hija? —preguntó con voz serena.

Camila miró hacia atrás y respondió casi en un susurro:

—Salí de la biblioteca y unos hombres me vienen siguiendo desde hace varias cuadras. Tengo mucho miedo.

El ambiente cambió por completo. Los hombres dejaron sus tazas de café sobre la mesa y se miraron entre ellos. No hubo burlas, no hubo preguntas innecesarias, solo una respuesta firme y humana.

—Respira —dijo el mayor—. Ya estás a salvo.

Luego miró a sus compañeros y añadió:

—Muchachos, vamos a acompañarla.

Los hombres se levantaron con respeto y caminaron junto a Camila sin hacer escándalo. Uno iba a su lado, otro un poco atrás y los demás avanzaban con paso tranquilo, pero seguro. Al ver que la joven ya no estaba sola, los desconocidos que la seguían se detuvieron en seco.

Camila llegó a su auto con los ojos llenos de lágrimas. Antes de subir, miró al hombre mayor y dijo:

—Gracias… pensé que nadie me iba a ayudar.

Él sonrió con ternura y respondió:

—Cuando alguien pide ayuda, lo correcto es acompañarla y protegerla.

Pero justo cuando Camila abrió la puerta de su auto, uno de aquellos hombres volvió a acercarse desde la distancia. El mecánico mayor giró lentamente la cabeza y sus compañeros dieron un paso al frente.

Lo que ocurrió después dejó a Camila sin palabras… y cambió para siempre la forma en que ella veía a los desconocidos.

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